Te escribo por una simple razón: no me atrevo a decírtelo.
Y no me atrevo porque todavía no sé cómo lograr que no me
tiemblen las piernas cuando te me apareces con ese gesto de preocupación tan
típico tuyo, todavía me tardo en quitarte los ojos de encima porque cada
segundo que paso observándote, una pequeña parte de ti se revela ante mis ojos
inquietos.
Es extraño estar apenas escribiéndote, tanto tiempo de
apreciar tus revelaciones, tanto tiempo que mis letras soportaron el encierro. Hasta
hoy, porque verte así, tan tú, tan original y única pieza clave para la armonía
de mi universo ha sido la mayor revelación que he observado.
Pero es así, es sencillo. Me gustas. Me gustas mucho. Me
gustas en cualquier modalidad, me gustas en todas tus facetas: en los nervios,
sobre todo, porque padeces la afortunada ansiedad de abrazar, y estando cerca
¿quién sufre? Sufro yo, por descubrirme entre tus brazos y desear inútilmente
que el tiempo se detenga, o que se detenga este sentir; ¿quién goza? Gozo yo,
porque cualquier contacto tuyo merece ser inmortalizado de algún modo.
Me gustas en serio, lo supe incluso antes del primer beso. Me
gustas como para ir por ti a donde estés, me gustas para ir a prepararte el
desayuno, me gustas para entregarte cada mirada, cada verso, cada palabra, para
escribirte cada hora un pergamino sobre cuánto me gustas, Me gustas para estar
ahí, para revivir, me gustas por tu misterio. Me gustas porque hasta cuando
estás ausente, me haces sonreír.
SS
No hay comentarios:
Publicar un comentario