Él tenía esa necesidad imperante de escribirle, como si eso
le pudiera quitar esas monstruosas ganas de tenerla a ella y a su cintura, como
si al escribir tuviera más cerca el sabor de sus labios y el embriagante ritmo
de su respiración en el cuello durante el abrazo genuino que surgía de esa
extraña manera de quererla ahí; no con él, sino más bien en él.
Tal vez valiente, tal vez ridículo, pero el impulso de
dedicarle algo le hacía sentir calma y al mismo tiempo le alteraba, cuando
descubría que lo hacía porque ella no estaba ahí.
Ingenuo. Todo el mundo sabía que ella lo lograría, nadie
dudó de que lo atrapara y lo sabían sin conocerla, lo supieron sólo con verlo
hablar de ella. Había algo distinto en sus ojos y hasta en su sonrisa. Era
ella. Y cansado de esperar a que pasara, se lo confesó, con la misma extraña
manera con la que solía hacer las cosas importantes…
“Fuerza, que tenga la suficiente para quedarme contigo sin
hacerte daño, que me hagan mantener mi adicción a tus besos y mi dependencia a
tu voz; que nunca falte en la ansiedad de vernos sólo para vernos, que
cualquier placer que pueda regalarse a los sentidos, será poco frente al gozo del
corazón de florecer en el sentimiento de la observación de tus movimientos
finos y volátiles, como hoja en día de tormenta, pero autónoma, libre, tan
caótica y serena, desordenada y propietaria de tu mundo que ya comprende
también el mío con todas sus catástrofes dentro; tú, entre ellas”.
Ella no pudo seguir huyendo de decirle “Sí”, no le importó
saber que haría con él lo que hacen las catástrofes con todo lo que tienen
cerca; no porque lo deseara, sino porque esa era su naturaleza.
SS
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