Había tantas velas como recuerdos. No sabía si le iba a
servir, pero estaba dispuesto a hacerlo porque lo que sí sabía era que ya no
podía dolerle más aunque conocía la extraña reacción de esa expresión y el
riesgo al que se exponía.
Tenía la caja en la mano y las lágrimas al borde de los ojos
gracias a los flashbacks, a la música, al ambiente, gracias a ella.
Abrió la caja y luchaba consigo mismo para cumplirse la
promesa de no volver a leer cada trozo de papel porque ya lo había hecho suficientes
veces. Sabía o que tenía qué hacer, se lo recordaba el calor distante de las
incontables velas que tenía alrededor, y que le decían en secreto que lo
estaban esperando.
Lo recordó todo. Desde el principio. Desde el día que la vio
sentada en su salón nuevo, el día que por primera vez regresaron tomados de la
mano después de la escuela, lo que se rompió dentro de él cuando se ganó el
título de mejor amigo y la decepción de sí mismo al convencerse de que eso era
mejor que nada y decidió quedarse ahí para ella y para cuando necesitara
compañía; recordó el primer consejo amoroso que le dio, recordó el momento en
el que le confesó que lo que le decían los demás era cierto: se moría por ella;
recordó la fiesta de cumpleaños en la que ella le reveló, después de tanto, una
posibilidad; recordó todas sus peleas por el miedo inexplicable que ella se
tuvo a sí misma y recordó cada una de las veces que se besaron ilícitamente, en
especial esa en la que él la perseguía por la sala y después de atraparla
invitándola a bailar lo que sonaba en la radio, le dio una vuela y puso el
brazo de ella sobre su hombro teniendo la sonrisa con la que soñaba a menos de
un centímetro de distancia y el tiempo se detuvo cuando él le dijo casi en
secreto ese “I’ve got you” que desahogaba los años de diversión y amistad que
él había pasado en espera de otra señal que lo rompiera un poquito más, los
años que había vivido de amor en el idioma que les unía.
Ese fue el momento más importante para él, el momento exacto
que resumió su historia y en el que él supo que todo, que había sido mucho,
había valido la pena sólo con ese beso y ese “me gustas”, aunque haya sido
tarde cuando él se dio cuenta de que el firme propósito de no involucrar sus
deshechos sentimientos se burlaba de él desde la cama en la que ella le
permitió conocer un poco de su piel y que fue testigo del enlace de sus mentes
que se olvidaban de la infidelidad que cometían sin importarles más que
sincerarse y hacerle saber al otro que compartirse los completaba.
Cuando volvió del viaje del recuerdo ya no tenía más
lágrimas por ser lloradas, el calor aumentaba y las velas consumidas a la mitad
le advertían que no le quedaba mucho tiempo para terminar con todo eso.
Volvió a reproducir la lista de canciones que se la
recordaban, le dio un último vistazo a la caja de recuerdos forrada del color
favorito del amor de su vida y besó la tapa antes de abrirla, pero ahora para
vaciarla.
Comenzó a vaciarlo todo, los boletos de la primera película
que fueron a ver al cine, las
servilletas de los cafés que le invitó, los dibujos que ella le hizo, los
recados que se enviaron en las clases de la prepa, las fotos, las pulseras, las
envolturas de lo que comieron juntos, la credencial de la prepa, los programas
de mano de las obras que vieron juntos, los boletos de los eventos en los que
bailaron hasta casi morir, la pasión de sus besos tranquilos y sin prisa, su
tacto, su lujuria, su piel, su olor y un trozo de tela que él significó como su
ropa interior.
Rasgó cada uno de los papeles sin volverlos a leer, disfrutó
del dolor que le causaba, como lo había hecho los últimos tres años y los fue
dejando en cada veladora hambrienta de un poco de su historia, de sus mejores
años, de su sensibilidad. Cuando terminó de repartir los papeles rasgados en el
fuego, tuvo un momento para contemplar cómo se consumía el acontecimiento más
trascendente de su vida mientras escuchaba la canción que más le dolía, esa que
tocaba la banda que conoció gracias a ella. Recordó el objetivo de cerrar ese
círculo cuando no quedara papel ni sonara música, y cuando llegó ese momento,
él suspiró y pronunció un “adiós” que le recorrió cada rincón con un pavor que
no conocía y se dio cuenta de que le temía a una vida en la que no estuviera
enamorado de ella porque no la imaginaba. Juntó las cenizas de su amor y fue a
soltarlas al viento desde el puente peatonal que había cruzado todas las veces
que la acompaño hasta la puerta de su casa aunque llegara tarde a donde él iba.
Terminó de vaciar las cenizas y recorrió el puente de regreso seguro de que al
fin había encontrado un ritual que le funcionaba y se sentía mejor a cada paso
que daba para volver a casa. Su día se hacía más cálido, más claro, su alma
desempolvaba las alas, su vida despertaba y hasta sentía que pasaba lo
imposible, su corazón se reconstruía. Todo simplemente mejoraba, o al menos eso
parecía hasta que dobló una esquina y encontró, tocando a su puerta, una figura
de baja estatura y cintura perfecta a la que conocía bien...
SS.