martes, 25 de abril de 2017

Acto poético

Había tantas velas como recuerdos. No sabía si le iba a servir, pero estaba dispuesto a hacerlo porque lo que sí sabía era que ya no podía dolerle más aunque conocía la extraña reacción de esa expresión y el riesgo al que se exponía.
Tenía la caja en la mano y las lágrimas al borde de los ojos gracias a los flashbacks, a la música, al ambiente, gracias a ella.
Abrió la caja y luchaba consigo mismo para cumplirse la promesa de no volver a leer cada trozo de papel porque ya lo había hecho suficientes veces. Sabía o que tenía qué hacer, se lo recordaba el calor distante de las incontables velas que tenía alrededor, y que le decían en secreto que lo estaban esperando.
Lo recordó todo. Desde el principio. Desde el día que la vio sentada en su salón nuevo, el día que por primera vez regresaron tomados de la mano después de la escuela, lo que se rompió dentro de él cuando se ganó el título de mejor amigo y la decepción de sí mismo al convencerse de que eso era mejor que nada y decidió quedarse ahí para ella y para cuando necesitara compañía; recordó el primer consejo amoroso que le dio, recordó el momento en el que le confesó que lo que le decían los demás era cierto: se moría por ella; recordó la fiesta de cumpleaños en la que ella le reveló, después de tanto, una posibilidad; recordó todas sus peleas por el miedo inexplicable que ella se tuvo a sí misma y recordó cada una de las veces que se besaron ilícitamente, en especial esa en la que él la perseguía por la sala y después de atraparla invitándola a bailar lo que sonaba en la radio, le dio una vuela y puso el brazo de ella sobre su hombro teniendo la sonrisa con la que soñaba a menos de un centímetro de distancia y el tiempo se detuvo cuando él le dijo casi en secreto ese “I’ve got you” que desahogaba los años de diversión y amistad que él había pasado en espera de otra señal que lo rompiera un poquito más, los años que había vivido de amor en el idioma que les unía.
Ese fue el momento más importante para él, el momento exacto que resumió su historia y en el que él supo que todo, que había sido mucho, había valido la pena sólo con ese beso y ese “me gustas”, aunque haya sido tarde cuando él se dio cuenta de que el firme propósito de no involucrar sus deshechos sentimientos se burlaba de él desde la cama en la que ella le permitió conocer un poco de su piel y que fue testigo del enlace de sus mentes que se olvidaban de la infidelidad que cometían sin importarles más que sincerarse y hacerle saber al otro que compartirse los completaba.
Cuando volvió del viaje del recuerdo ya no tenía más lágrimas por ser lloradas, el calor aumentaba y las velas consumidas a la mitad le advertían que no le quedaba mucho tiempo para terminar con todo eso.
Volvió a reproducir la lista de canciones que se la recordaban, le dio un último vistazo a la caja de recuerdos forrada del color favorito del amor de su vida y besó la tapa antes de abrirla, pero ahora para vaciarla.
Comenzó a vaciarlo todo, los boletos de la primera película que fueron a  ver al cine, las servilletas de los cafés que le invitó, los dibujos que ella le hizo, los recados que se enviaron en las clases de la prepa, las fotos, las pulseras, las envolturas de lo que comieron juntos, la credencial de la prepa, los programas de mano de las obras que vieron juntos, los boletos de los eventos en los que bailaron hasta casi morir, la pasión de sus besos tranquilos y sin prisa, su tacto, su lujuria, su piel, su olor y un trozo de tela que él significó como su ropa interior.

Rasgó cada uno de los papeles sin volverlos a leer, disfrutó del dolor que le causaba, como lo había hecho los últimos tres años y los fue dejando en cada veladora hambrienta de un poco de su historia, de sus mejores años, de su sensibilidad. Cuando terminó de repartir los papeles rasgados en el fuego, tuvo un momento para contemplar cómo se consumía el acontecimiento más trascendente de su vida mientras escuchaba la canción que más le dolía, esa que tocaba la banda que conoció gracias a ella. Recordó el objetivo de cerrar ese círculo cuando no quedara papel ni sonara música, y cuando llegó ese momento, él suspiró y pronunció un “adiós” que le recorrió cada rincón con un pavor que no conocía y se dio cuenta de que le temía a una vida en la que no estuviera enamorado de ella porque no la imaginaba. Juntó las cenizas de su amor y fue a soltarlas al viento desde el puente peatonal que había cruzado todas las veces que la acompaño hasta la puerta de su casa aunque llegara tarde a donde él iba. Terminó de vaciar las cenizas y recorrió el puente de regreso seguro de que al fin había encontrado un ritual que le funcionaba y se sentía mejor a cada paso que daba para volver a casa. Su día se hacía más cálido, más claro, su alma desempolvaba las alas, su vida despertaba y hasta sentía que pasaba lo imposible, su corazón se reconstruía. Todo simplemente mejoraba, o al menos eso parecía hasta que dobló una esquina y encontró, tocando a su puerta, una figura de baja estatura y cintura perfecta a la que conocía bien...

SS.

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