jueves, 11 de febrero de 2016

Huapango

No pensé encontrarte ahí, no creí que te iba a ver como la primera vez: bailando entre tanta gente con tu manera tan particular de disfrutar el estar bailando.
No me imaginé verte así, pero cuando vi tu sonrisa danzante a media luz, me pregunté cómo había podido pasar tanto tiempo sin ti. No sabía que decirte, no sabía qué tan fuerte abrazarte ni a dónde mirar, ni cómo contestar todas tus preguntas, fue como si el tiempo desapareciera y ese mar de gente se desintegrara. Lo único que sabía era que tenía que bailar contigo, pero cada vez que te me acercabas, una parte de mí quería salir huyendo para no equivocarse contigo y hacer algo que te alejara de mí y arruinara la noche. Pero ni hui ni me equivoqué.
Fui por una cerveza, te vi bailar; me acerqué y te vi sonreír; te invité a bailar y no supe que pasó después. No sé si me hablaste o qué me dijiste, mi concentración estaba en la ubicación de mis manos sobre tu cuerpo al bailar y lo extremadamente cerca que tenían mis labios a tu cuello al respirar. Peligroso, ¿no?; las jaranas que le tocaban a tus hombros claros y perfectos con la guitarra que tanto celaba tu cabello y los versos que escuchaba de tu voz en mi oído.
Más cerveza, pero esta vez me tomaste de la mano para ir por ella y tu frío tacto era más hermoso que cualquier artesanía del lugar. Más amigos, pero ninguna conversación más atractiva que tú. Más huapango, pero no tan armonioso como tu manera de bailar.

Así, al calor del baile, al sonido del huapango, a la sombra de los cactus, al color de la cultura del huichol y al sabor de la cerveza artesanal, te vi y te quise, en aquel barrio de mi San Luis.

SS.

No hay comentarios:

Publicar un comentario