No pensé encontrarte ahí, no creí que te iba a ver como la
primera vez: bailando entre tanta gente con tu manera tan particular de
disfrutar el estar bailando.
No me imaginé verte así, pero cuando vi tu sonrisa danzante
a media luz, me pregunté cómo había podido pasar tanto tiempo sin ti. No sabía
que decirte, no sabía qué tan fuerte abrazarte ni a dónde mirar, ni cómo
contestar todas tus preguntas, fue como si el tiempo desapareciera y ese mar de
gente se desintegrara. Lo único que sabía era que tenía que bailar contigo,
pero cada vez que te me acercabas, una parte de mí quería salir huyendo para no
equivocarse contigo y hacer algo que te alejara de mí y arruinara la noche.
Pero ni hui ni me equivoqué.
Fui por una cerveza, te vi bailar; me acerqué y te vi
sonreír; te invité a bailar y no supe que pasó después. No sé si me hablaste o
qué me dijiste, mi concentración estaba en la ubicación de mis manos sobre tu
cuerpo al bailar y lo extremadamente cerca que tenían mis labios a tu cuello al
respirar. Peligroso, ¿no?; las jaranas que le tocaban a tus hombros claros y
perfectos con la guitarra que tanto celaba tu cabello y los versos que
escuchaba de tu voz en mi oído.
Más cerveza, pero esta vez me tomaste de la mano para ir por
ella y tu frío tacto era más hermoso que cualquier artesanía del lugar. Más
amigos, pero ninguna conversación más atractiva que tú. Más huapango, pero no
tan armonioso como tu manera de bailar.
Así, al calor del baile, al sonido del huapango, a la sombra
de los cactus, al color de la cultura del huichol y al sabor de la cerveza
artesanal, te vi y te quise, en aquel barrio de mi San Luis.
SS.
SS.
No hay comentarios:
Publicar un comentario